Dejé de meterme bajo las cobijas buscando tus besos, dejé de perderme divagando en nuestros recuerdos, dejé de tenerte cuando te sostenía entre mis brazos, dejé de extrañarte y aún no te habías marchado. Me dejé perderte…
En el eco de tus susurros, en la suave caricia de tus labios, encontraba refugio en el santuario de tu presencia. Cada instante a tu lado era un poema escrito en el lienzo de mi corazón, un baile etéreo de emociones que se entrelazaban en el abrazo de tus brazos.
Pero en algún rincón del tiempo, nos perdimos, y el eco se desvaneció, dejando un vacío que se expandía como un océano sin límites. Las sábanas ya no guardan el calor de tus besos, mis pensamientos ya no se pierden en los recuerdos de nuestro amor, y mis brazos ya no te sostienen.
Aun sin haber partido, te dejé ir, liberando el eco de tu esencia que aún resonaba en mi ser. Me dejé perderte en la esperanza de que encontraras tu propio camino, en la certeza de que cada despedida es también un nuevo comienzo.
Quizás en el susurro de la brisa, en el destello de una estrella fugaz, encontrarás la melodía de mi amor, que sigue latiendo en silencio, anhelando tu felicidad. Me dejé perderte para encontrarme a mí mismo, para sanar las heridas que el adiós dejó en mi alma.
Y así, en el eco de este silencio, en el espacio que ahora nos separa, me permito soltarte, dejarte ir con el amor que una vez fue nuestro. Porque en el acto de dejarte ir, también me encuentro a mí mismo, en la promesa de un nuevo amanecer, en la certeza de que el amor, en todas sus formas, siempre perdura.
Copyright © Beatriz Esmer
