Caí por el borde de tu cama, aprisionado entre tus sábanas y, mientras caía, miré el pincel que dibujaba mis deseos, tu cuerpo. Cada centímetro tenía miedo de golpear y terminar este sueño. Sólo un último beso, acariciarte sin aliento y murmurar que te quiero.
Desperté únicamente acompañado por el viento, que susurraba en mi oído los ecos de tu risa. La habitación, vacía y fría, aún guardaba el calor de tu presencia, como un fantasma que se niega a partir. Mis manos, vacías de tu piel, buscaban en el aire el rastro de tu aroma, ese perfume que se había convertido en mi aliento.
El sol, tímido, se asomaba por la ventana, pintando con su luz dorada los recuerdos de la noche. Cada rayo era un hilo de esperanza, un puente hacia el momento en que volvería a verte. Pero el viento, siempre el viento, me recordaba que los sueños son efímeros, que la realidad a veces se viste de soledad.
Sin embargo, en el silencio de la mañana, guardé tus palabras como un tesoro, un amuleto contra el olvido. Y mientras el día avanzaba, me aferré a la promesa de un nuevo encuentro, donde el pincel de mis deseos volvería a dibujar tu cuerpo, y el viento, cómplice eterno, nos envolvería en su abrazo. 😔❤️
©️ Beatriz Esmer
